29 abr. 2011

perelMAN

Declaraciones de G. Perelman al periódico Komsomólskaya Pravda:

Los vacíos existen por todos lados. El poder de calcularlos nos da grandes posibilidades. Sé cómo manejar el Universo. Ahora díganme ¿por qué tendría que correr a buscar un millón?



¿Está muerto el gato de Schrödinger?

25 abr. 2011

Eat Meat


A través de Diego L. SanRomán me llegan voces de ángeles que preparan una rica cena:



Nuestra próxima exposición será la primera muestra escultórica en Eat Meat, y lo será a lo grande: Nico Nubiola, uno de los escultores más oscuros y talentosos del país, presentará su primera exposición individual en Barcelona.

Camping Caníbal es un mural pictórico-escultórico de carácter metafórico.

“Considero el entorno ‘camping’ como una especie de experimento antropológico donde se reproduce, en precario, el conjunto de la sociedad a modo de tribu contemporánea. El rasgo característico que unifica todos los comportamientos sociales de mi camping es el canibalismo cultural, económico, sexual o emocional escenificado en lo gastronómico.

El relieve representa cuerpos humanos mutilados sin recreación en lo macabro: son como pollos en un supermercado.”

A partir del próximo 30 de abril tendremos el placer de mostraros esta instalación antropófaga… Venid cenados.

 

EAT MEAT

c/ l’Alzina, 20 08024 Barcelona.




19 abr. 2011

Georges Perèc

 Georges Perèc, maestro del puzzle, deja notariadas las bases de la combinatoria literaria. La vida instrucciones de uso debe ser estrujada hasta retorcerle los tornillos si uno quiere explicarse los motivos de la literatura que fue y que hay retomar: formas eufóricas y maleables con un fondo imponente y soberbio. Ésto último es de suma importancia, pues los creadores de "manuales técnicos" suelen obviarlo.

17 abr. 2011

La pala vacía


Uno
                Al atardecer, las palas de los tres hermanos dejaron de cavar en la tierra del señor Obab. Todo quedó quieto. Las últimas paladas perdidas en el cielo de nubes negras, el ritmo de los seis brazos sudorosos, metiendo y sacando tierra para ser ricos de una vez, en el eco del lugar. Los tres hermanos se ocupaban de cavar los primeros días de la semana, los otros días rellenaban esos agujeros como si no hubiese pasado nada más que el tiempo. Y era al atardecer, con la caída del sol y la aparición de las mismas nubes, cuando las palas vibraban por última vez, y un tocar de campana a toda prisa que venía desde la granja cerraba la jornada antes de la lluvia de siempre.
                -Casi está, cerca de, ya estamos, casi, casi, el propósito y…-se apresuraba a decir el mayor al llegar a la granja, evitando el golpe de puño de un viejo harto de tanto buscar para nada.

                Después se sentaban en el suelo y esperaban la orden del tío, su escupitajo en el porche y la patada a la puerta. Entonces todos entraban dentro y se abalanzaban a la sopa con carne de los cuencos que había preparada en la mesa. Luego se peleaban entre ellos buscando como excusa un trozo de pan o una mirada de más, y entre golpes se quedaban dormidos, sucios de arena y cansados de tanto quitarle tierra a la tierra. El anciano Obab (si hacía frío y quería calentarse) sacaba su alcohol y bebía. Esa noche no lo hizo. Le dio un puntapié al mayor. Le despertó y le dijo que se lavara, que en el establo encontraría agua y que tenía que ir a la ciudad, a por más veneno y cuerdas, que él era joven y sabía lo que tenía que decir y lo que no si alguien le preguntaba. Y después se arrepintió y le dijo que no, que no se acercase al establo y que no malgastara agua, que la lluvia ya le lavaría lo suficiente.

Dos

                ¿De dónde le vendría a ella la idea de fijarse primero en los zapatos antes de abordar las demás zonas de un hombre? Lo de ése tipo en el supermercado fue un caer repentino en el borde de los zapatos y en un caminar irregular, indeciso, y subir hacia arriba hasta rematar la mirada en unos ojos marrones, del color de la corteza de los árboles. Entre los botes de tomate abordarle la zona, después seguirle despistada entre mermeladas y ante las salsas volver a tomarle el pulso a los ojos, retarlos y conducirlos al escote.
                -Llueve de muerte. ¿Tienes dinero para mí? –preguntó ella.
                Y siguieron caminando por el pasillo del supermercado, comprobando las etiquetas de las latas en un comprobar sin más sustancia que mirar números y conquistar.
                Sin que supiera exactamente cómo ocurrió, en uno de esos despistes de código de barras, ella perdió de vista al joven. De cuando en cuando le sucedía, era improbable que se le escapara así como así un cliente, pero a veces se daban a la fuga. Miró y remiró pasillos, carritos de compra y lavabos antes de asegurarse que se le había esfumado esa noche la presa. Ahora le tocaba comenzar de nuevo: el juego de la seducción, los zapatos del joven necesitado de amor, adivinar el billete en el bolsillo del pantalón (el olfato le decía que el pobre diablo de antes tendría más dinero del aparente), ofertas y la lengua mojando los labios, una nueva posibilidad.
                -Odio a los niños bobos –reveló mientras abandonaba el supermercado.
                Corrió hacia la gasolinera, a salvarse de la lluvia y esperar a un conductor confiado que le arreglara la noche. Gotas. Luces de coches. Alguien fijándose en su cuello. Más gotas. Y antes de quedar inconsciente sonrió, pues creyó ver una vez más el color de la corteza de los árboles en unos ojos.

16 abr. 2011

Una madeja


El niño tira del ovillo con una insistencia de gato y la viejecita deja hacer. En el porche, arrebujada la madeja, pegada a la barriga, la abuela tiembla cada vez que el niño estira y la bola gira en los cuencos de sus manos. A lo lejos el cielo con las nubes, más allá de los tejados y las antenas de las otras casas. Y la vieja que piensa que cualquier tiempo aislado con un quinqué de petróleo, unos cuantos animales en el establo y un marido calentando la cama siempre fue mejor que este lugar extraño. Y lo dice así.

–Es un lugar extraño.

La impertinencia gatuna del niño en desmontar la madeja se detiene, mira hacia los lados y ve casas, una urbanización apiñada en grises y el niño pregunta a la abuela qué ha dicho, que no le ha escuchado bien porque el fisfís de la lana que él estira le ha cortado el mensaje. Y fisfís lo pronuncia con gestos que denotan un amargor gustoso en el tacto, enredando esa palabra, fisfís, en su boca. Una y otra vez. Fisfís, fisfís, fisfís.

–Es un lugar extraño, un lugar de mierda, vamos –dice la vieja mientras se hamaca.




8 abr. 2011

convaleciente crónico, Crónicas de


Raúl Herrero en su blog continúa la serie de su convaleciente crónico:


"Leo a Cioran y no lo encuentro pesimista, más bien al contrario, en todo momento luce en sus aforismos y explicaciones un humor sutil, pero punzante. El pesimisto no conoce el humor, ni el humorismo, sólo lo grave y la pomposidad. Me parece del todo injustificado ese aspecto negativo de la palabra pesimista aplicada a los escritos del rumano que escribió en francés. Un servidor propondría cambiar ese tópico por el de honestidad, en efecto, Cioran resulta honesto y se trasluce en estas joyas que son las entrevistas que conforman el volumen citado. No siempre el autor sale bien parado en las respuestas, pero Cioran hace tiempo que superó el umbral de lo bienpensante o de lo correcto, por lo tanto, no se nos presenta como un santo, pero tampoco como el “rey de los herejes”, simplemente intenta responder a las preguntas con honestidad. Al igual que haría en un caso parecido Beckett o Kundera, si concediera entrevistas. Esa honestidad le impidió pasarse sesenta años de su vida respondiendo a las mismas preguntas, puesto que ese ejetreo le supondría al pensador una sesión interminable donde escribiría una y  otra vez el mismo libro. Por este motivo, Cioran y otros autores de gran talla eluden las entrevistas, porque detestan la repetición sobre sí mismos. Les interesa más la literatura, la vida, o la supervivencia."



6 abr. 2011

Una historia de Olmo


Olmo se despertó y vio que le faltaban los pies. Se había acostado leyendo La Metamorfosis y ahí tenía: le faltaban los pies. Sus pies, sus pies grandes, talla 45. Pies de siete leguas. Con ellos se había aventurado “en las regiones más bajas de la muerte”. Ahora viviría en ese “estado medio” que tanto temía. Vendría su vecina Adela con un pudín de pan. Vendría Lalo con su gato asqueroso. Vendría Tonino con un libro de Santo Tomás. Todos a preguntarle por lo mismo: por sus pies. Comiéndose el pudín Olmo diría que los había perdido en la guerra. Eso, se los había llevado un negrito bosquimano. O un serbio. Pero el gato asqueroso de Lalo iría a por sus pies. Un gato olfatea enseguida “en las regiones más bajas de la muerte” e iría a por sus pies. Los traería de vuelta y le diría a Olmo: “He aquí tus pies”. Entonces Lalo le diría a Olmo: “Acompáñame al mercado”. Y Olmo, poniéndose los pies y saltando de la cama, le diría: “¡Te acompaño al mercado!” Y bajo la luz del sol serían uno, uno solo: él, Lalo y el gato.

Texto perteneciente a Historias de Olmo, de ROLANDO SÁNCHEZ MEJÍAS

2 abr. 2011

Críticos




Lo ideal serían las conferencias sorpresa para el conferenciante. Así X, un reputado crítico moderno, acudiría sin nada preparado y se le pediría que hablase de la unión entre Sócrates y Alcíbiades. Si hubo relación sexual consensuada o no, etc. Y W, un rimbobante clasicista, debería departir durante hora y media sobre las señoras que se peinan a lo Rod Stewart. Nadie duda que serían más amenas las conferencias. Se repartirían pins y bolitas de alcanfor, obvio. Para ambos críticos se diseñaría una caja de metacrilato, pues el público siempre es lo más importante para la casa que convoca. Ya se sabe de las ventosidades de estos señores, tanto de los más viejos como de los más jovenes: sus jugos gástricos condensan tanta seriedad y conciencia de lo recto que acaban perdiendo fuelle por algún lado. Es en este punto donde no hay discusión alguna y siempre suelen coincidir todas las tendencias. La verdad absoluta del crítico, así llaman ciertos especialistas a la conjunción aerofágica. Aunque son ideas vagas, uno no sabe muy bien si tanta severidad hacia un colectivo muy concreto (¡y crítico!) sería perjudicial para uno mismo. Pese a que hace bastante desde la última vez que alguien vio uno de ellos. El cambio climático arrasa con todo. Ya lo viene diciendo Al Gore.

"Era un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies."