24 jun. 2011

Ojos negros (inicio)


Por prescripción médica debo estar a oscuras, una ceguera controlada. Mi esposa me recuerda continuamente que son sólo seis días y después ya veré como antes. Confía en mí y sabe que soy incapaz de llevarle la contraria, menos aún si hacerlo supone romper con las claves del diagnóstico médico. Pero no sabe lo que me ha ocurrido hoy, si lo supiera suprimiría la oscuridad de la cura sin dudarlo.
Elegí la habitación de los niños, es la que menos luz tiene, da a un patio interior y las persianas son de aluminio, encajan en la ventana al milímetro. Y aunque tenemos habitación y muñequitos y quién sabe qué más caprichos, no tenemos niños. Lo que menos me gusta son las camas, son pequeñas y tengo que formar un ovillo para entrar en alguna de ellas. Es cierto que al principio pensamos traer el colchón de matrimonio y dormir los dos, o instalarme en la habitación de matrimonio sin más. Pero no quise. No deseo hacer partícipe de la ceguera pasajera a mi esposa instituyendo la de matrimonio como la morada oficial de las tinieblas. Y tampoco quiero que por la noche esté a mi lado. Porque para mí siempre es de noche, duermo cuando me apetece, a cualquier hora del día.
El oftalmólogo me dijo que tenía pinzado el nervio del ojo izquierdo y que eso me obligaba a no leer, a no ver la televisión, ni el reflejo de la luz, ni color, ni forma de ningún tipo para no forzar la vista durante seis días. Y no es que lo considere una estupidez, pero a veces la oscuridad es tan extraña que te hace ver formas, en la negrura son persistentes unos puntitos blancos que si los unes con una línea imaginaria componen la imagen de un barco, de un hombre… Un espasmo eléctrico, la vida, otro mundo, ignoro el motivo de las visiones. Y ha sido ahora, hace unos minutos cuando la he visto. Mi esposa ha llegado del trabajo, ha abierto la puerta de la habitación, ha asomado su cabecita y yo le he dado la espalda evitando la luz, luego ha entrado y nos hemos besado. Se ha ido. Y yo la he visto. No a mi mujer, a ella. Es decir, estaba yo calculando qué hora sería nada más despedir a mi esposa cuando no he podido dejar de seguir con la vista, a oscuras, un puntito que de repente ha ido a unirse con otros tantos y ha resultado ella de la suma. Tan sencillo como eso. Estaba sentada en una de las camas y acariciaba un gato, también efecto de averiguar la forma final de tantos puntos diminutos, brillantes, temblando entre sus manos.
-¿Y tú?
¡Ha sido así! Yo le he hecho esa pregunta, no ha respondido. Ha saltado dejando una estela de puntos tras de sí. Ha intentado ocultarse en la oscuridad pero no lo ha conseguido, porque yo, y gracias a mis días de completa pelea con el sol, he conseguido volver a formarla ante mis ojos. El gato seguía entre las sábanas. Y no sé por qué ocultos mecanismos de la mente, al acercarme (un atrevimiento del que yo mismo me asusto al evocarlo) ha ronroneado. He aprovechado para comprobar si era una jugada loca de mi reclusión, pero no. Y los mimos han hecho que ella, la mujer de puntitos luminosos, se sintiera segura y abandonase su intento frustrado de desaparición. Se ha sentado enfrente de mí y se ha unido a la caricia del gato, suavemente, como si en ello estuviera su propósito vital.
Y puedo asegurar que no es comparable una noche sin estrellas, sin luna, con el estar ciego. En esa noche se vislumbraría el borde del sendero, la corteza de los árboles a un palmo, una luz dudosa a lo lejos. Indicios que llegarían a guiar al que se sintiera perdido. Pero yo creía que el estar ciego (aunque sea el estar ciego como yo, de forma artificial) suponía el desgaste de referencias, de cualquier indicio, la más absoluta de las desgracias, la negrura sin más: ni sendero, ni corteza de árbol ni una luz siquiera en la lejanía. ¡Todo lo contrario! Seis días. Y de repente, ella. Lo pensé al descubrirla, al revelar la sensación luminosa convertida. Me he emocionado al imaginar que no estaba todo perdido, que la vida siempre tiene vías de escape, sorpresas escondidas que hay que saber aprovechar.

8 jun. 2011

Invertebrados


Nos mueve el salto. El caer y el transformarse. Nos motiva la caída porque nosotras hemos sido recompensadas con la transformación. Las ramas no tapan la luna. Vengan a nuestro reino, hijos míos. Y aprendan la lección de hoy porque las madres abrirán el libro de medicina y les enseñarán sobre los invertebrados. Los invertebrados carecen de columna vertebral y esqueleto interno vertebrado. Vean un ejemplo en la extracción que practicaremos al señor. Se llevó un susto de muerte, sí, un susto de muerte. ¡A reír se ha dicho! La zoología distingue entre los artrópodos y los no artrópodos. Tomen nota. No se despisten. Insectos. Gusanos. ¿Quieren ver cómo el hombre se asemejará a un gusano tras la operación? Bravo. Bravo. Son ustedes tan inteligentes... Avanzan tan a prisa... La nariz, los párpados y los dedos son estructuras que pueden ulcerar, mejor su eliminación. El rostro es intercambiable, pura apariencia. El alma es de una viscosidad indescifrable. Ya lo han visto. Pero basta ya, pasemos a la siguiente lección, dejemos la teoría. Traigamos entonces a los prisioneros al claro del bosque. Sáquenles del maletero.

Los dos despertaron atados de espalda a un árbol. Apenas se miraron. Él bajó la vista asumiendo la derrota del hombre que ella siempre creyó. No se dijeron nada. Delante de ellos los demonios jugaban con la manta de picnic y se asfixiaban los unos a los otros como caballos desbocados. Las señoras los miraban y rezaban agachando la cabeza y golpeándose el pecho, llamaron a los niños, los ordenaron en fila y los presentaron por su nombre de pila: Hansel, Gretel, Paola, Marcelo, Sigfrid. Los niñitos deben comenzar sus clases, escuchó la pareja. Y las mujeres, a veces señoras mayores y a veces cuerpos que asemejaban lobos enrabietados, repartieron unas cuantas piedras afiladas, algún palo acabado en punta, un cuchillo de sierra. ¿Quién será el primero?, preguntaron. Cuchichearon entre ellas y señalaron al más pequeño. Hansel, dijeron, debes sacar al menos un notable. Su cabeza se torcía a la derecha, como si estuviese quebrada y en su caminar hacia ellos observaron una descoordinación atípica, un arrastrar de pies y manos locas. Las moscas-fantasma revolotearon despistadas encima de los músculos. Los árboles cabecearon en la noche.

El golpe debe ser seco y rasgado. Seco y rasgado. Tengan a bien siempre dejar sin conciencia a los insectos pues los gritos suelen ser molestos para el trabajo. Lo primero de todo, las moscardas. La sangre llama a las moscas, buscan orificios y ponen sus huevos en el cadáver. Una moscarda hembra puede poner cientos de huevos, de ellos nacen miles de cresas, en unas seis horas. Ella, como pueden observar, bien puede ser uno de los nuestros, tan de piel blanca y voz luminosa. Una ancianita dentro de un cuerpo joven. Pongan todo su arte en el recorrido del paso de su cuerpo de mujer a artrópodo. Ella bailará para nosotros. Puede ayudarnos a aprender nuevas lecciones, es joven y valerosa. Un sujeto diferente a los demás. Primero, el golpe. Luego apartar el cabello de la cara. Más tarde rezar por su alma. Y luego convertirla, hacerla nuestra para siempre. Nuestra bella joven. Será vuestra institutriz, sonrisas y lágrimas para todos vosotros. Cuerpo que se arrastra en el barro. Recíbanla con sus juegos y sus saltos. Venga a nosotros su reino. Provoquen al invertebrado que todos llevamos dentro. Lo original es placentero.

Hansel golpeó varias veces en la rodilla del hombre y los gritos hicieron que los pájaros negros abandonaran los árboles. Luego fue ella, la de medias rotas la que pidió ser liberada. Y las madres se reunieron en círculo y tras las deliberaciones oportunas consintieron.  Las bestias le quitaron las ataduras. ¿Cómo cuánta sed tiene un licántropo? ,le preguntó ella a él, despojada ya de las ataduras. ¿Cómo cuánto corre el león? ,le dijo a antes de agarrar el cuchillo y cortar su dedo de prometido. ¿Cómo cuánto?, le repitió gritándole al oído. Y no paró de darle al despiece y al machaque hasta que la familia, hijos y señoras al completo, consintieron que tras las incisiones oportunas ella se pusiera la cara de él sobre su rostro. La cara, la cara, la cara, cantaban a coro. No paró de recortar hasta que logró la máscara perfecta y pudo sacar la lengua por esa boca enrojecida de diablo. Y entonces aulló antes de caer de rodillas entre las ramas rotas y abrazar a esos pequeños. Mis queridos niños, mis amados lobitos, balbuceó con la máscara puesta. Luego pidió regresar al coche, descansar en el maletero, sentir las hojas resbalando debajo de su cuerpo, reposar bajo unas mantas. Las señoras aullaron a la vez. Y los niños celebraban la bienvenida de la nueva institutriz lanzando caramelos que sacaban a puñados de los bolsillos mohosos de sus pantalones.