31 ago 2011
28 ago 2011
Antonio Fernández Molina
El microrrelato surrealista
Antonio Fernández Molina (Alcalá de San Juan, Ciudad Real, 1927) está vinculado en sus orígenes literarios a los movimientos de vanguardia, en especial al postismo y al surrealismo movimientos ambos que dejan su impronta en algunos libros de microrrelatos memorables, que merecerían mucha más atención de la que han recibido hasta el presente, me refiero, entre otros, a 80 sueños (1951) de Juan Eduardo Cirlot, o a La piedra de la locura (1966) de Fernando Arrabal , calificado por el propio escritor como “libro pánico” o libro de “mis sueños”. Del último existe una segunda edición (2000) realizada por Francisco Torres Moreal, con ilustraciones de Antonio Fernández Molina, A. T. y Raúl Herrero. Hay que señalar que el primer tomo de las Poesías completas de A. Fernández Molina va precedido a su vez de un prólogo de Arrabal lo que es un buen indicio de su amistad.
Los tres autores exaltan el papel de las fuerzas más oscuras de la mente humana, y reflejan mediante símbolos e imágenes oníricas un mundo inquietante de gran fuerza expresiva. No obstante, para el ámbito del microrrelato, Antonio Fernández Molina es el más importante de los tres. Intentaré hacerlo ver. Sabe forjarse en seguida un nombre como pintor y sobre todo como poeta; sus libros El cuello cercenado y Platos de amargo alpiste son representativos de la renovación poética de su época. En 1951 fundó la revista y colección de libros denpoesía “Doña Endrina”, colaboró como redactor jefe en “Despacho literario”, revista dirigida por su amigo Miguel Labordeta, y llegó a ocupar también el cargo de secretario de redacción de “Papeles de Son Armadans”.
La mosca
La mosca que está en mi mano vuela hasta mi hombro. Es grande como una gallina. Cruza mi boca y entra en mi estómago. Entonces mis ojos se apagan y durante días y días veo con los suyos.
Cuando recupero la vista me dicen que he estado enfermo.
La mosca sale bruscamente y arrastra mi dentadura.
Antonio Fernández Molina
© Herederos de Antonio Fernández Molina
La vida caprichosa, Libros del Innombrable, Zaragoza, 2003.
23 ago 2011
21 ago 2011
Cocina caníbal - TOPOR
Roland Topor
Escritor, pintor, ilustrador y cineasta francés de origen polaco. Publicó dibujos y cuentos en las revistas Bizarre, Arts, Le Rire y Fiction. Junto con Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowski, fundó del movimiento Pánico, vanguardia teatral de marcadas tendencias surrealistas y del teatro del absurdo. Influido por el cine de Luis Buñuel y por El Manifiesto del Teatro de la Crueldad de Artaud, en el Grupo Pánico se conjugan tres elementos básicos: terror, humor y simultaneidad.
Topor ha sido autor de piezas teatrales, director y actor, como en Autorretrato de un pornógrafo. Su novela El Quimérico Inquilino fue llevada al cine por Roman Polanski en 1976. Como actor ha participado en Nosferatu, vampiro de la noche (1979, de Werner Herzog) y El amor de Swann (1984, de Volker Schlöndorff). También ha diseñado la escenografía y el vestuario de obras teatrales y de óperas. Ha sido autor de dos películas de animación: Los caracoles (1966) y El planeta salvaje (1973), premio especial del jurado en Cannes. Además de sus trabajos en televisión (Téléchat: 156 episodios para niños con Henri Xhonneux), es autor de las piezas de teatro Joko festeja su cumpleaños (1975) y El invierno bajo la mesa, representada en Bruselas en 1996. Junto con Michel Ribes escribió la ópera Batallas, representada en 1983. Entre otras distinciones, obtuvo el Gran Premio de las Artes de la villa de París. La Cocina Caníbal fue publicado por primera vez en Francia por ediciones André Balland (París, 1970).
Tropo Editores. C/ ANDRÉS VICENTE 20, 3ºC (50017) ZARAGOZA
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Línea recta
Nadie tiene una capacidad de comprensión absoluta. Solaris es un enorme cerebro capaz de pensar. Y de repente, aparece un niño en medio de ese océano. Berton lo vio y así lo relata: cuatro metros de altura, ojos azules y el pelo negro. Recién desnudo, como un recién nacido. Mojado. Grasiento. Manteniéndose siempre encima de la ola. Y los inquisidores suelen reparar que ese comportamiento, el decir de Berton, es una alucinación. De repente, los ojos de uno no sirven para nada. Mejor arrancárselos. O mejor aún, someterse a la extracción de la piedra de la locura. Sería lo más apropiado si queremos evitar el dedo que señala. Porque, ¿dónde se sitúa la cara oculta del conocimiento? En ese ir y venir del Océano Solaris, que recuerda a los conjuntos fractales de B. Mandelbrot, al ir más allá de los conceptos geométricos clásicos, a la teoría del caos. Es un viaje peligroso. Quizás de ida. Tan sólo. Nuestro Kris, no obstante, opina que la solarísitica, tras las declaraciones fantasiosas de Berton, está en un camino sin salida, alucinatorio. Y claro, a él le interesa la “verdad”. Porque quizás la verdad que ha escuchado de Berton no sea la “verdad”. Porque para él, la “verdad” no puede darse de manera fractal. Para comprender la realidad lo habitual es calcular las palabras en línea recta. Kris hace una hoguera antes de partir. Quema ciertos recuerdos. La foto de su esposa fallecida está ahí, tras las cenizas. Y el silencio. Luego, parte hacia Solaris. Hay dos tripulantes, de los tres iniciales. El Dr. Guibarián se ha suicidado.
18 ago 2011
La gallina degollada
Horacio Quiroga y su gallina degollada es leída continuamente por los nuestros.
La gallina degollada
Horacio Quiroga
Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
13 ago 2011
La ley
19
Ha llegado a la habitación y ha vaciado la papelera por la ventana. Es la primera vez que le he escuchado gritar. Luego han venido algunas palabras incomprensibles que bien podrían ser en alemán. Habrá suspendido alguna asignatura porque ha destrozado el manual de derecho mercantil. Paseó intranquilo de un lado a otro de su espacio, como pensativo. Hasta que en un arranque de furia ha tirado buena parte de su muro, fruto de un puñetazo, y han caído a mi terreno algunas obras de autores que no conocía como Alejandro J. Ratia, Gabriel Matzneff, Josep María Madorell o Julián Ríos. Ya son míos. Desde el momento en el que sobrepasan frontera él y yo, tácitamente, aceptamos que pertenecen por accesión a nuestro territorio. Aquí no valen tiempos de prescripción ni años (seis para los bienes muebles según el Código Civil) para adquirir derechos. Y aunque las normas definan la propiedad como el derecho de gozar y disponer de una cosa sin más limitaciones que las establecidas por las leyes, no vale hacer de las leyes generales una limitación (prohibición), sino todo lo contrario. En nuestro territorio, que son nuestras mitades exactas, vale la ocurrencia de Aleister Crowley una noche de invierno con el té en la mano:
-Haz lo que quieras, será toda la ley.
10 ago 2011
Arrabal's Tutti Frutti
Fernando Arrabal baila TUTTI FRUTTI al ritmo de sus 79 agostos, mañana cumple. Video de la magnífica Christele Jacob. Los caníbales le felicitan al son de tenedor y pandereta.
2 ago 2011
Los RENEGADOS
!
Dedos nerviosos del capitán Spaulding
zurcen americana de piel
humana, por supuesto,
y el inspector está muerto boca arriba
allí, frente al hogar que es roja charca.
Al helado motel de neón
no es posible arrancarle ni una voz.
Pájaros negros esperan en las vigas.
Detrás de la puerta velada, gallinas,
Bates y la familia Firefly,
cabelleras cuelgan de la pared húmeda.
Siete gatos como siete soles:
lengüitas que lamen pies en sangre.
Baño de luz. Tener calma.
Calma a la ebullición de las moscas.
Primero una parte. Y luego otra.
Es avanzar el silencio, dar cuchillo,
hermosas mujeres en carne,
escarbar el cuerpo hasta la llaga.
Olvidar la palabra:
lo artificial conserva la viva apariencia.
Y en la intensidad entre las cosas
y en la integridad entre las cosas:
poner la piel del revés.
Dedos nerviosos del capitán Spaulding
cosen botones en americana,
y una joven a sus pies, cabecita loca
amante de la serie B, saco de paja,
colorada como un cangrejo
de río, por supuesto.
Y es así:
Primero un pie, luego otro y las manos,
las manos, más tarde sierra en las rodillas
y el músculo áspero a un lado.
22 jul 2011
13 jul 2011
8 jul 2011
Rituales
Aquel día, Madame Zunz anotó en un huevo el nombre sagrado, lanzó puñados de pólvora a los cuatro vientos y fue a la cabecera de la cama, puso el huevo debajo de la almohada y lo aplastó con un machete. En seguida le dio por cantar nanas, gritar y mirarse las manos. Hasta que cayó al suelo en un acceso de fiebre y locura.
Al llegar el esposo ella dormía. La sirvienta le abrazó y él le aseguró que ya se había acabado todo. En la biblioteca, entre beso y beso, abrió un cajón y sacó un bote repleto de tierra roja del siquiátrico, pimienta, hierbas de adormidera y hormigas locas. Salieron al jardín, lo enterraron. Tras la despedida, él se acostó. Acomodó la almohada y dio la espalda a Madame Zunz.
En el sueño, su esposa leía un libro en el porche. Él se lo quitaba. Era la Regla de Osha (obra santera canjeada por un par de Biblias inglesas días atrás). En la página siete, un círculo señalaba el ritual para chiflar a una persona. Monsieur Zunz abandonaba el porche disimulando la marca, columpiando con gracia las caderas. En la siguiente página se revelaba el secreto que acaba con la virilidad de un hombre.
6 jul 2011
2 jul 2011
Ludwig Zeller
Insomnio con escamas
Un pez cruza mi sueño cada noche
Y abre un túnel de incienso en las almohadas,
Sobre el vidrio que es piel, que corta el aire
Pega después sus párpados, escucha: las aguas me rodean
De una a otra pared siento temblar sus hojas cristalinas.
¿Todo está aquí? ¡Respóndeme! Ola de vientre
Oscuro, signos que alguien dibuja allá en el fondo
Como estrías del mismo espejo siempre.
Si venimos del pez, del hueso ardiente
Empeñado en abrirse en sus espinas, si no hay piedad
Si en el estanque pasan la red día tras día,
¿En dónde están los ojos que nos miran, en dónde la raíz
De ese lamento, las ascuas del insomnio en las agallas
Que se inflan, se prolongan, buscan un metal frío?
De ese país que lentamente se alza en las paredes
Secas del día y las semanas salen a recibirme las escamas,
Me incorporo entre llagas, pregunto por amigos
Que no existen, que son polvo molido por la lluvia,
Me pesa cada trozo, cada porción del alma que recuerdo.
¿Estáis allí?, pregunto. ¿Estáis allí? Invisibles
Golpean las agujas en el telar sediento
De la imagen y los vidrios se quiebran, se endurecen
Sobre la cicatriz de la corriente. Veo lágrimas
En el rostro final, el pez que vuelve cada noche en sangre
Que respira en mi almohada, que se quema en mi oxígeno
Y despierta...
Tras el vidrio estoy solo,
Tal vez en otro sueño, dando gritos.
Un pez cruza mi sueño cada noche
Y abre un túnel de incienso en las almohadas,
Sobre el vidrio que es piel, que corta el aire
Pega después sus párpados, escucha: las aguas me rodean
De una a otra pared siento temblar sus hojas cristalinas.
¿Todo está aquí? ¡Respóndeme! Ola de vientre
Oscuro, signos que alguien dibuja allá en el fondo
Como estrías del mismo espejo siempre.
Si venimos del pez, del hueso ardiente
Empeñado en abrirse en sus espinas, si no hay piedad
Si en el estanque pasan la red día tras día,
¿En dónde están los ojos que nos miran, en dónde la raíz
De ese lamento, las ascuas del insomnio en las agallas
Que se inflan, se prolongan, buscan un metal frío?
De ese país que lentamente se alza en las paredes
Secas del día y las semanas salen a recibirme las escamas,
Me incorporo entre llagas, pregunto por amigos
Que no existen, que son polvo molido por la lluvia,
Me pesa cada trozo, cada porción del alma que recuerdo.
¿Estáis allí?, pregunto. ¿Estáis allí? Invisibles
Golpean las agujas en el telar sediento
De la imagen y los vidrios se quiebran, se endurecen
Sobre la cicatriz de la corriente. Veo lágrimas
En el rostro final, el pez que vuelve cada noche en sangre
Que respira en mi almohada, que se quema en mi oxígeno
Y despierta...
Tras el vidrio estoy solo,
Tal vez en otro sueño, dando gritos.
1 jul 2011
Elektra
Siempre nos ha chiflado el cine negro, el boxeo, todas esas cosas. Pese a que no se tiene tiempo suficiente para todo si uno tiene la obligación de acabar con los rateros y el crimen organizado y llevar procedimientos legales como Matthew Murdock. A mi pequeña Elektra no le interesa tanta charla. Mi querida Elektra prefiere ahora la filosofía zen, descansar los ojos en la arena, imaginar que la rastrilla una y otra vez, bien quietecita. Y uno se pregunta el motivo del fin, y lo mejor es no preguntárselo; pues es evidente que el motivo principal es el azar, un dios loco que se confunde y en vez de dar, quita. Como un caer de taza en el suelo y romperse en mil pedazos porque el movimiento del brazo se descuida en la mesa. Pero tampoco nos preocupamos por ello. Asumimos las consecuencias, sin más. De la misma forma que ella acepta que cada mañana yo acuda al puente de Brooklyn para reafirmarme en vida, consiento que prefiera quedarse con la sonrisa de palo, sola, en casa, cuidando arañas. Siempre dispuesta a complacer mis deseos. Pese a que nunca me han alcanzado, pese a que quién sabe dónde se esconden los malditos monstruos que toda ciudad muerta oculta en sus entrañas.
24 jun 2011
Ojos negros (inicio)
Por prescripción médica debo estar a oscuras, una ceguera controlada. Mi esposa me recuerda continuamente que son sólo seis días y después ya veré como antes. Confía en mí y sabe que soy incapaz de llevarle la contraria, menos aún si hacerlo supone romper con las claves del diagnóstico médico. Pero no sabe lo que me ha ocurrido hoy, si lo supiera suprimiría la oscuridad de la cura sin dudarlo.
Elegí la habitación de los niños, es la que menos luz tiene, da a un patio interior y las persianas son de aluminio, encajan en la ventana al milímetro. Y aunque tenemos habitación y muñequitos y quién sabe qué más caprichos, no tenemos niños. Lo que menos me gusta son las camas, son pequeñas y tengo que formar un ovillo para entrar en alguna de ellas. Es cierto que al principio pensamos traer el colchón de matrimonio y dormir los dos, o instalarme en la habitación de matrimonio sin más. Pero no quise. No deseo hacer partícipe de la ceguera pasajera a mi esposa instituyendo la de matrimonio como la morada oficial de las tinieblas. Y tampoco quiero que por la noche esté a mi lado. Porque para mí siempre es de noche, duermo cuando me apetece, a cualquier hora del día.
El oftalmólogo me dijo que tenía pinzado el nervio del ojo izquierdo y que eso me obligaba a no leer, a no ver la televisión, ni el reflejo de la luz, ni color, ni forma de ningún tipo para no forzar la vista durante seis días. Y no es que lo considere una estupidez, pero a veces la oscuridad es tan extraña que te hace ver formas, en la negrura son persistentes unos puntitos blancos que si los unes con una línea imaginaria componen la imagen de un barco, de un hombre… Un espasmo eléctrico, la vida, otro mundo, ignoro el motivo de las visiones. Y ha sido ahora, hace unos minutos cuando la he visto. Mi esposa ha llegado del trabajo, ha abierto la puerta de la habitación, ha asomado su cabecita y yo le he dado la espalda evitando la luz, luego ha entrado y nos hemos besado. Se ha ido. Y yo la he visto. No a mi mujer, a ella. Es decir, estaba yo calculando qué hora sería nada más despedir a mi esposa cuando no he podido dejar de seguir con la vista, a oscuras, un puntito que de repente ha ido a unirse con otros tantos y ha resultado ella de la suma. Tan sencillo como eso. Estaba sentada en una de las camas y acariciaba un gato, también efecto de averiguar la forma final de tantos puntos diminutos, brillantes, temblando entre sus manos.
-¿Y tú?
¡Ha sido así! Yo le he hecho esa pregunta, no ha respondido. Ha saltado dejando una estela de puntos tras de sí. Ha intentado ocultarse en la oscuridad pero no lo ha conseguido, porque yo, y gracias a mis días de completa pelea con el sol, he conseguido volver a formarla ante mis ojos. El gato seguía entre las sábanas. Y no sé por qué ocultos mecanismos de la mente, al acercarme (un atrevimiento del que yo mismo me asusto al evocarlo) ha ronroneado. He aprovechado para comprobar si era una jugada loca de mi reclusión, pero no. Y los mimos han hecho que ella, la mujer de puntitos luminosos, se sintiera segura y abandonase su intento frustrado de desaparición. Se ha sentado enfrente de mí y se ha unido a la caricia del gato, suavemente, como si en ello estuviera su propósito vital.
Y puedo asegurar que no es comparable una noche sin estrellas, sin luna, con el estar ciego. En esa noche se vislumbraría el borde del sendero, la corteza de los árboles a un palmo, una luz dudosa a lo lejos. Indicios que llegarían a guiar al que se sintiera perdido. Pero yo creía que el estar ciego (aunque sea el estar ciego como yo, de forma artificial) suponía el desgaste de referencias, de cualquier indicio, la más absoluta de las desgracias, la negrura sin más: ni sendero, ni corteza de árbol ni una luz siquiera en la lejanía. ¡Todo lo contrario! Seis días. Y de repente, ella. Lo pensé al descubrirla, al revelar la sensación luminosa convertida. Me he emocionado al imaginar que no estaba todo perdido, que la vida siempre tiene vías de escape, sorpresas escondidas que hay que saber aprovechar.
17 jun 2011
8 jun 2011
Invertebrados
Nos mueve el salto. El caer y el transformarse. Nos motiva la caída porque nosotras hemos sido recompensadas con la transformación. Las ramas no tapan la luna. Vengan a nuestro reino, hijos míos. Y aprendan la lección de hoy porque las madres abrirán el libro de medicina y les enseñarán sobre los invertebrados. Los invertebrados carecen de columna vertebral y esqueleto interno vertebrado. Vean un ejemplo en la extracción que practicaremos al señor. Se llevó un susto de muerte, sí, un susto de muerte. ¡A reír se ha dicho! La zoología distingue entre los artrópodos y los no artrópodos. Tomen nota. No se despisten. Insectos. Gusanos. ¿Quieren ver cómo el hombre se asemejará a un gusano tras la operación? Bravo. Bravo. Son ustedes tan inteligentes... Avanzan tan a prisa... La nariz, los párpados y los dedos son estructuras que pueden ulcerar, mejor su eliminación. El rostro es intercambiable, pura apariencia. El alma es de una viscosidad indescifrable. Ya lo han visto. Pero basta ya, pasemos a la siguiente lección, dejemos la teoría. Traigamos entonces a los prisioneros al claro del bosque. Sáquenles del maletero.
Los dos despertaron atados de espalda a un árbol. Apenas se miraron. Él bajó la vista asumiendo la derrota del hombre que ella siempre creyó. No se dijeron nada. Delante de ellos los demonios jugaban con la manta de picnic y se asfixiaban los unos a los otros como caballos desbocados. Las señoras los miraban y rezaban agachando la cabeza y golpeándose el pecho, llamaron a los niños, los ordenaron en fila y los presentaron por su nombre de pila: Hansel, Gretel, Paola, Marcelo, Sigfrid. Los niñitos deben comenzar sus clases, escuchó la pareja. Y las mujeres, a veces señoras mayores y a veces cuerpos que asemejaban lobos enrabietados, repartieron unas cuantas piedras afiladas, algún palo acabado en punta, un cuchillo de sierra. ¿Quién será el primero?, preguntaron. Cuchichearon entre ellas y señalaron al más pequeño. Hansel, dijeron, debes sacar al menos un notable. Su cabeza se torcía a la derecha, como si estuviese quebrada y en su caminar hacia ellos observaron una descoordinación atípica, un arrastrar de pies y manos locas. Las moscas-fantasma revolotearon despistadas encima de los músculos. Los árboles cabecearon en la noche.
El golpe debe ser seco y rasgado. Seco y rasgado. Tengan a bien siempre dejar sin conciencia a los insectos pues los gritos suelen ser molestos para el trabajo. Lo primero de todo, las moscardas. La sangre llama a las moscas, buscan orificios y ponen sus huevos en el cadáver. Una moscarda hembra puede poner cientos de huevos, de ellos nacen miles de cresas, en unas seis horas. Ella, como pueden observar, bien puede ser uno de los nuestros, tan de piel blanca y voz luminosa. Una ancianita dentro de un cuerpo joven. Pongan todo su arte en el recorrido del paso de su cuerpo de mujer a artrópodo. Ella bailará para nosotros. Puede ayudarnos a aprender nuevas lecciones, es joven y valerosa. Un sujeto diferente a los demás. Primero, el golpe. Luego apartar el cabello de la cara. Más tarde rezar por su alma. Y luego convertirla, hacerla nuestra para siempre. Nuestra bella joven. Será vuestra institutriz, sonrisas y lágrimas para todos vosotros. Cuerpo que se arrastra en el barro. Recíbanla con sus juegos y sus saltos. Venga a nosotros su reino. Provoquen al invertebrado que todos llevamos dentro. Lo original es placentero.
Hansel golpeó varias veces en la rodilla del hombre y los gritos hicieron que los pájaros negros abandonaran los árboles. Luego fue ella, la de medias rotas la que pidió ser liberada. Y las madres se reunieron en círculo y tras las deliberaciones oportunas consintieron. Las bestias le quitaron las ataduras. ¿Cómo cuánta sed tiene un licántropo? ,le preguntó ella a él, despojada ya de las ataduras. ¿Cómo cuánto corre el león? ,le dijo a antes de agarrar el cuchillo y cortar su dedo de prometido. ¿Cómo cuánto?, le repitió gritándole al oído. Y no paró de darle al despiece y al machaque hasta que la familia, hijos y señoras al completo, consintieron que tras las incisiones oportunas ella se pusiera la cara de él sobre su rostro. La cara, la cara, la cara, cantaban a coro. No paró de recortar hasta que logró la máscara perfecta y pudo sacar la lengua por esa boca enrojecida de diablo. Y entonces aulló antes de caer de rodillas entre las ramas rotas y abrazar a esos pequeños. Mis queridos niños, mis amados lobitos, balbuceó con la máscara puesta. Luego pidió regresar al coche, descansar en el maletero, sentir las hojas resbalando debajo de su cuerpo, reposar bajo unas mantas. Las señoras aullaron a la vez. Y los niños celebraban la bienvenida de la nueva institutriz lanzando caramelos que sacaban a puñados de los bolsillos mohosos de sus pantalones.
31 may 2011
28 may 2011
El arte de la negociación
La policía rodeó al asesino y los curiosos no tardaron en llegar. Los más atrevidos ocuparon las primeras posiciones, tras los coches de policía, pese a ver que tenía una pistola en la mano derecha. Algunos, los menos valerosos observaban desde la otra acera. El asesino amenazó con el arma y preguntó varias veces si tenía ya lo que había pedido. El que debía ser el agente principal, por rango capitán o comisario, se acercó con las manos en alto haciendo valer toda la psicología aprendida en estos años en el cuerpo.
-No, no podemos darle lo que pide.
-¿Les llevaría mucho tiempo encontrarlo?
-Depende, rebaje sus pretensiones. ¿Por qué no una víctima cualquiera?
-Bien, cualquiera me sirve. Mejor hombre, sí, hombre… –contestó el asesino.
-¿Lo mataría a quemarropa?
-A despecho, ya lo he declarado antes.
El comisario, o capitán en defecto, le avisó que iba a hacer un movimiento limpio y que no debía temer nada. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó una libreta de apuntes y anotó las condiciones conversadas.
-Descríbamelo –dijo.
-Alto, joven, corpulento, con cara de haber conquistado a muchas mujeres.
-¿Está casado usted?
-Bien, sí, podríamos decir que sí.
-¿Lo haría con esa pistola? ¿No prefiere otra arma?
-No, la pistola va bien. Si acaso, me ensañaría con varios tiros en el pecho, como si se tratase de una venganza amorosa, tampoco quiero que luego tengan problemas con el móvil del crimen.
-Espere, no vaya tan rápido –le interrumpió el policía que anotaba todos los detalles.
-Lo mataría porque él y mi mujer, ya sabe…
Antes de que acabara con la respuesta se acercó un joven policía al oficial de rango superior, eso hizo que el asesino balancease el arma más nervioso que nunca y el público de las primeras filas gritara asustado. El joven se cuadró, dijo que era un encargo para el oficial.
Hasta que el comandante o capitán no dejó de garabatear, el joven se alisó los pliegues del traje, limpió su placa y tosió varias veces llamando la atención. Cuando ya pudo decir todo lo que pensaba, se acercó y susurró al oído del oficial que era un caso difícil y que los hombres estaban desmotivados, que era un asesinato sin alicientes, las pistas eran vagas, imprecisas. Siguió con que habían estado horas intentando encontrar al que debería ser el muerto futuro, el asesinado, pero que nada, la investigación se complicaba cada vez más y el tiempo se agotaba, y que para él lo importante eran los grandes robos pues era la única forma de prosperar en el cuerpo y no los crímenes de tercera. Y lo dijo con cara triste, derrotado, encargando un café largo por radio tras la perorata.
El superior miró a su inferior desde su distancia de oficial graduado y no le respondió nada, tan sólo sonrió al asesino y le preguntó que qué trabajo le gustaría que tuviese la víctima.
-Policía –contestó el asesino devolviéndole la sonrisa.
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