20 ene. 2012

Koult caníbal


Entrevista con SALVADOR RAGGIO en KOULT.


Yo en realidad me hubiera inclinado por Papá Noel, ¿sabes? Una panza como la suya debe encerrar al menos un lanzagranadas desmontable… Bueno, sé de tu pasión por la obra de Fernando Arrabal y David Lynch –personajes de película ambos, en mi opinión–. Apoyándonos en sus respectivos catálogos de otredades, ¿dirías que eres un “caballo loco” o una “cabeza borradora”? Y por favor explícaselo a nuestro público porque entiendo que todavía hay algunos que piensan que Steven Spielberg hace buen cine.

Iré como un caballo loco (Arrabal) es excéntrica y deliciosa, para chuparse los dedos. Cabeza borradora (Lynch) es perturbadora y sublime. Las dos películas son una debilidad para mí. Pero, ya que me pregunta por lo que soy, sí que es cierto que Cabeza borradora se acerca más a mi maravillosa existencia. Cuando vi el filme por primera vez me sentí muy honrado, inmerecidamente por supuesto, pero supe que Lynch decidió filmar sobre mi vida. Es evidente que son momentos, instantes determinados, los que me sumergen en una continuidad borradora, pero son los suficientes como para odiar, no comprender, sufrir de presión craneal constante y ver el revés de las cosas, todo en negro. David Lynch en Cabeza borradora nos ofrece el negativo de lo cotidiano, le da la vuelta absolutamente a todo y deja que entremos en ese universo que, aparentemente, no se ve y va por debajo de nuestro recorrido, pero, amigo, cuando surge, cuando toda esa espuma rebosa y aparece, es terrible, uno ve, por fin ve. Y luego vuelta a la normalidad. Lynch es un visionario. Me compadezco de aquellos que tienen esta visión constante. Pobres. Malditos. Con respecto a Spielberg, pues bueno, hablamos de otra cosa. No tiene ni una pizca del genio que tiene Arrabal o Lynch. Lo justifiquen como sea.

No puedo estar más de acuerdo contigo, incluso hasta quisiera aplaudirte. Pero toquemos de una vez, si no te molesta, el lado literario. Acabas de publicar el volumen Los caníbales (Libros del Innombrable, 2011), un conjunto de relatos que catalogaría como la conjunción de lo matemático, lo fantástico y lo mitológico, y aunque todo eso suena a refrito de Buzzati, Borges y Poe –y aunque haya en tu libro un carnicero que corta la carne recitando pasajes de Poe– sé que eres lo suficientemente sabio para no renegar de tus antecesores. Eso, Iván Humanes, lo admiro, y por eso me gustaría preguntarte por qué prefieres situarte en esa tradición en una época en la cual muchos impúberes prefieren discurrir sobre gente que folla o sobre gente que no folla pero quisiera follar…

Cuando escribo no me pregunto sobre la tradición ni sobre qué debería escribirse. Sí que me preocupa el tratamiento formal, obvio, porque ciertamente no puede renegarse de la época, y apoyo y me congratulo de ciertos experimentos. Pero cuidado, creo que hay que regresar al experimentalismo de los setenta, y si me apura de los veinte, para rescatarlo, traerlo aquí y luego interpretarlo con las nuevas herramientas, enfoques, etc. Eso se ve muy claro en cortos como Alphabet de Lynch o Leo es pardo de Iván Zulueta, rodados a finales de los 60 y los 70 y de una actualidad tan rabiosa que ni siquiera hoy es comprendida (ni superada). Una vez dicho esto, le sigo diciendo que no escribo en atención a ninguna moda, ni al verbo follar, escribo en atención a lo que soy, a cómo soy, a los modelos que he tomado como válidos y cercanos, que me sacuden, y a lo que me apetece escribir. Y lo actual no viene dado por la subversión porque toca ser subversivo sino porque uno está, interiormente, convencido de esa subversión. Si le he dicho al principio que sí que me pregunto por el tratamiento formal y su adecuación actual le confirmo que la innovación también está en el punto de vista sobre las situaciones narradas, y ese punto de vista, la perspectiva, combinado con el tratamiento del lenguaje es lo que me interesa. Y claro, ahí tiene a Kafka, Cortázar, Espinosa, Luis Martín Santos, Queneau, Vallejo, Calvino, Buzzati, buf.