22 jul. 2011

Pastel de carne




A Titus Andrónicus le pirra el pastel de carne. Tremendo caníbal.

8 jul. 2011

Rituales



Aquel día, Madame Zunz anotó en un huevo el nombre sagrado, lanzó puñados de pólvora a los cuatro vientos y fue a la cabecera de la cama, puso el huevo debajo de la almohada y lo aplastó con un machete. En seguida le dio por cantar nanas, gritar y mirarse las manos. Hasta que cayó al suelo en un acceso de fiebre y locura.
Al llegar el esposo ella dormía. La sirvienta le abrazó y él le aseguró que ya se había acabado todo. En la biblioteca, entre beso y beso, abrió un cajón y sacó un bote repleto de tierra roja del siquiátrico, pimienta, hierbas de adormidera y hormigas locas. Salieron al jardín, lo enterraron. Tras la despedida, él se acostó. Acomodó la almohada y dio la espalda a Madame Zunz.
En el sueño, su esposa leía un libro en el porche. Él se lo quitaba. Era la Regla de Osha (obra santera canjeada por un par de Biblias inglesas días atrás). En la página siete, un círculo señalaba el ritual para chiflar a una persona. Monsieur Zunz abandonaba el porche disimulando la marca, columpiando con gracia las caderas. En la siguiente página se revelaba el secreto que acaba con la virilidad de un hombre.


2 jul. 2011

Ludwig Zeller

Insomnio con escamas

Un pez cruza mi sueño cada noche
Y abre un túnel de incienso en las almohadas,
Sobre el vidrio que es piel, que corta el aire
Pega después sus párpados, escucha: las aguas me rodean
De una a otra pared siento temblar sus hojas cristalinas.

¿Todo está aquí? ¡Respóndeme! Ola de vientre
Oscuro, signos que alguien dibuja allá en el fondo
Como estrías del mismo espejo siempre.
Si venimos del pez, del hueso ardiente
Empeñado en abrirse en sus espinas, si no hay piedad
Si en el estanque pasan la red día tras día,
¿En dónde están los ojos que nos miran, en dónde la raíz
De ese lamento, las ascuas del insomnio en las agallas
Que se inflan, se prolongan, buscan un metal frío?

De ese país que lentamente se alza en las paredes
Secas del día y las semanas salen a recibirme las escamas,
Me incorporo entre llagas, pregunto por amigos
Que no existen, que son polvo molido por la lluvia,
Me pesa cada trozo, cada porción del alma que recuerdo.

¿Estáis allí?, pregunto. ¿Estáis allí? Invisibles
Golpean las agujas en el telar sediento
De la imagen y los vidrios se quiebran, se endurecen
Sobre la cicatriz de la corriente. Veo lágrimas
En el rostro final, el pez que vuelve cada noche en sangre
Que respira en mi almohada, que se quema en mi oxígeno
Y despierta...
Tras el vidrio estoy solo,
Tal vez en otro sueño, dando gritos.



Puedes leer más poemas de Ludwig Zeller en su página y en La siega.

1 jul. 2011

Elektra


Siempre nos ha chiflado el cine negro, el boxeo, todas esas cosas. Pese a que no se tiene tiempo suficiente para todo si uno tiene la obligación de acabar con los rateros y el crimen organizado y llevar procedimientos legales como Matthew Murdock. A mi pequeña Elektra no le interesa tanta charla. Mi querida Elektra prefiere ahora la filosofía zen, descansar los ojos en la arena, imaginar que la rastrilla una y otra vez, bien quietecita. Y uno se pregunta el motivo del fin, y lo mejor es no preguntárselo; pues es evidente que el motivo principal es el azar, un dios loco que se confunde y en vez de dar, quita. Como un caer de taza en el suelo y romperse en mil pedazos porque el movimiento del brazo se descuida en la mesa.  Pero tampoco nos preocupamos por ello. Asumimos las consecuencias, sin más. De la misma forma que ella acepta que cada mañana yo acuda al puente de Brooklyn para reafirmarme en vida, consiento que prefiera quedarse con la sonrisa de palo, sola, en casa, cuidando arañas. Siempre dispuesta a complacer mis deseos. Pese a que nunca me han alcanzado, pese a que quién sabe dónde se esconden los malditos monstruos que toda ciudad muerta oculta en sus entrañas.