31 may. 2011

The Gits - Second Skin



¡MIA ZAPATA!


28 may. 2011

El arte de la negociación


La policía rodeó al asesino y los curiosos no tardaron en llegar. Los más atrevidos ocuparon las primeras posiciones, tras los coches de policía, pese a ver que tenía una pistola en la mano derecha. Algunos, los menos valerosos observaban desde la otra acera. El asesino amenazó con el arma y preguntó varias veces si tenía ya lo que había pedido. El que debía ser el agente principal, por rango capitán o comisario, se acercó con las manos en alto haciendo valer toda la psicología aprendida en estos años en el cuerpo.
            -No, no podemos darle lo que pide.
            -¿Les llevaría mucho tiempo encontrarlo?
            -Depende, rebaje sus pretensiones. ¿Por qué no una víctima cualquiera?
            -Bien, cualquiera me sirve. Mejor hombre, sí, hombre… –contestó el asesino.
            -¿Lo mataría a quemarropa?
            -A despecho, ya lo he declarado antes.
          El comisario, o capitán en defecto, le avisó que iba a hacer un movimiento limpio y que no debía temer nada. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó una libreta de apuntes y anotó las condiciones conversadas.
            -Descríbamelo –dijo.
            -Alto, joven, corpulento, con cara de haber conquistado a muchas mujeres.
            -¿Está casado usted?
            -Bien, sí, podríamos decir que sí.
            -¿Lo haría con esa pistola? ¿No prefiere otra arma?
            -No, la pistola va bien. Si acaso, me ensañaría con varios tiros en el pecho, como si se tratase de una venganza amorosa, tampoco quiero que luego tengan problemas con el móvil del crimen.
           -Espere, no vaya tan rápido –le interrumpió el policía que anotaba todos los detalles.
           -Lo mataría porque él y mi mujer, ya sabe…
           Antes de que acabara con la respuesta se acercó un joven policía al oficial de rango superior, eso hizo que el asesino balancease el arma más nervioso que nunca y el público de las primeras filas gritara asustado. El joven se cuadró, dijo que era un encargo para el oficial.
Hasta que el comandante o capitán no dejó de garabatear, el joven se alisó los pliegues del traje, limpió su placa y tosió varias veces llamando la atención. Cuando ya pudo decir todo lo que pensaba, se acercó y susurró al oído del oficial que era un caso difícil y que los hombres estaban desmotivados, que era un asesinato sin alicientes, las pistas eran vagas, imprecisas. Siguió con que habían estado horas intentando encontrar al que debería ser el muerto futuro, el asesinado, pero que nada, la investigación se complicaba cada vez más y el tiempo se agotaba, y que para él lo importante eran los grandes robos pues era la única forma de prosperar en el cuerpo y no los crímenes de tercera. Y lo dijo con cara triste, derrotado, encargando un café largo por radio tras la perorata.
El superior miró a su inferior desde su distancia de oficial graduado y no le respondió nada, tan sólo sonrió al asesino y le preguntó que qué trabajo le gustaría que tuviese la víctima.
           -Policía –contestó el asesino devolviéndole la sonrisa.

26 may. 2011

La huida de E. D.



Desde aquel día, quién más quien menos, confía poco en Alejandro Dumas. Por su obra Los tres mosqueteros, por su imaginación o por su estilo (“le mot juste”), lo respetamos. Punto. Se ha dado a entender que en esta mina nos mueve un odio rotundo hacia él por dejar desprotegido a su personaje, pero no es así: es un rencor vago que en la bocamina mismo, o dentro de la jaula o mientras se está paleando se desvanece entre el carbón picado y las miradas oscuras.
Pasa que el rasgo distintivo de esta mina es la literatura. Antes del hecho que nos ha marcado solamente había capas, pozos, rellenos, etc. Pero los mineros ahora (tras lo que sucedió un buen día) hablamos de las novelitas clásicas sin dificultad, procurando que el humo de las explosiones o el polvo del carbón, lo que por aquí se llama la pipá, no nos atragante la idea. Quizá lo más difícil de todo sea hacer entender al que no conoce nuestra historia la verdadera razón de todo.
            -Perdonen, tenía la impresión que caminaba hacia el muro exterior –dijo una vez un tipo con melena francesa y camisa de preso.
            Y claro, escuchar cómo alguien pica en la pared, temer luego la aparición, y que se asome la cabeza de este hombre en la mina, cayendo después de rodillas en la galería y mirándonos a todos como quien ve fantasmas, pues asusta. El personaje que apareció de un agujero un día hizo una reverencia y se rascó la cabeza. Después soltó un ¡oh! que chocó con unas cuantas paredes formando un eco francófilo y se puso a reír como un perturbado.
            -¿Qué hace aquí? ¿De dónde viene? –tuvo que preguntarle alguien.
            -Llevo cinco años cavando hacia el muro... Le puse nombre a las piedras, veintidós mil cuatrocientas, veintidós mil –hablaba temblequeando.
-¿Francés acaso? ¡Se presente! –le ordenó enfadado el capataz.
            -Edmond Dantés, Conde de Montecristo.
            Nosotros, en ese momento, cogimos el pico y trabajamos como si no hubiésemos visto a ese loco. Fue una ilusión nos dijimos, una ilusión. Pasamos a analizar las elecciones generales y la tienda que había montado en el pueblo la viuda de Iríbar, lencería y cosas finas... Pero el capataz ordenó parar, nos reprendió la ligereza. No nos quedó más remedio que invitarle a beber agua y compartir los panecillos de anís. Que había sido preso injustamente, contó. Refirió su historia: era marinero, con planes de casorio con Mercedes, pero su mejor amigo, Fernand, hizo que le apresaran una noche (también estaba enamorado de ella) y le llevasen a la cárcel de una isla desconocida. Y aunque la novela señale que él escapó de allí escondido en el saco donde debía ir un compañero de prisión, un viejo sabio, y que era lanzado al mar desde uno de los torreones por unos guardianes despistados, por el momento no había sido así. Nada de nada.
-Sigo cavando el túnel, Dumas me ha abandonado -gimoteaba.
Y aquí comenzó nuestro interés por Alejandro, Flaubert, Balzac y el comediógrafo Molière, la venganza y la lectura de folletines franceses. Porque claro, ¿quién no va a creer en el autor y en su historia cuando un día aparece negro de hollín el protagonista? Pero en el caso de Alejandro Dumas es un creer vago, porque fuimos nosotros y no Dumas, ni su pluma, ni la muerte de un sabio, ni un saco inventado… No, fuimos nosotros los que ayudamos a ese buen hombre. Con un barreno por aquí y otro por allá le abrimos vía, rompimos muro y escapó de su prisión de piedra.

25 may. 2011

Bajo tierra


Bajo tierra
primero un párpado y después otro
ventilador que es hélice de barco navegando río arriba
el capitán Kurtz / ángulo recto
un ojo en la luz.

24 may. 2011

El aniversario

Ella apartó la mano de la copa en un gesto involuntario, justo antes de brindar, y metió el índice y el pulgar en la boca.
-Cariño, un hueso.
Y procedió a la búsqueda de la molestia que había quedado entre muela y muela. Él la miró con ternura y sostuvo la copa en alto, a la espera de que acabara. Fueron unos segundos. Tras dejar el cuerpo fastidioso en un lado del plato participó sonriente en el brindis. Los labios se acoplaron a los vasos y el vino pasó a la lengua, un par de vueltas y de allí a la boca del otro. Se levantaron de las sillas, sortearon las velas y el centro de flores y se siguieron besando.
-¿Quién iba a decir que tú? Un buen día me fijé más, y los dos en ese momento y ahora el aniversario… –fantaseó la mujer.
-Saliste del todo, del anterior tipo, yo estaba allí.
-Menos mal que tú allí.
-¿Sabes cómo he hecho la carne? –preguntó él.
Se sentaron y siguieron con la vista concentrada en el otro, compartiendo. Ella llevaba un vestido de tirantes que se entrecruzaba detrás de la espalda, sus hombros eran dulces. Se retaron a ver quién era el que aguantaba más la mirada. Él se rindió primero, bajó la cabeza y jugó con el tenedor y la comida, la untó en de salsa de moras y tras unos segundos de meditación soberbia, la masticó y abrió la boca para decirle algo, enseñándole en un gesto cotidiano el fondo de las muelas. Después pintó círculos en el plato con el tenedor.
-Pues –comenzó- he conseguido una carne apropiada. Las piezas las he troceado yo mismo, tienen que guardar la forma exacta, si no el plato pierde su valor estético, frita en dos tiempos… Y la salsa –continuó-: moras del bosque, una base azúcar caramelizada, las cocí para reblandecerlas lo justo, las pasé al caramelo.
-Lo siento –dijo la mujer.
-No, ya sabes, no es culpa tuya, todo el mundo arrastra fantasmas.
-Sí, pero… el de antes…
-Siempre supe como se llamaba, pero no su apellido.
-¿De verdad quieres saberlo?
Se lo dijo. Él se rió. No fue una risa bruta, estaba matizada por el vino de calidad y por el resultado de las iniciales del nombre y los apellidos del otro, tres erres estúpidas: R.R.R.
-Ya sabes que era él, acabamos pero insistía. Fue un aburrido. Nunca debiste dudar de mí, lo ignoré, sin más.
-Ahora hace tiempo que no molesta.
-Sí, hace tiempo.
Él le acercó el pan y ella lo untó en la salsa. Que quería una moto para ir al trabajo porque eso le ahorraría tiempo, cogería calles poco transitadas para que no sufriera y en diez, quince minutos llegaría, le dijo ella. Él la miró fascinado, le contestó que sí, que no había ningún problema, un par de meses ahorrando y la tendrían. Y no pudo evitar preguntarle si a él, al otro, también le gustaban las motos. No obtuvo respuesta. La cena sufrió una parada leve, la necesaria para recomenzar con más ímpetu el ritual de enamorados. Unos minutos callados y no pudieron remediarlo, pasaron la mano por encima de la mesa y se acariciaron. Sonrieron y miraron el llamear de la vela. Apuraron el plato, en espera del postre.
-¡Te lo has comido! –soltó él de repente, sin poder evitar la risotada.
-¿Qué?
-¡Te lo has comido! ¡A triple erre! ¡Te lo has comido enterito!
Ella se llevó la servilleta a la boca y le miró a los ojos. Dudó un instante, le temblaron las manos, los tacones chirriaron sobre las baldosas. Pronunció algún “cómo” descoyuntado y dio un saltito en su asiento. Y le apuntó con el dedo índice. Una lágrima le cayó hasta la boca.
-He visto un ático magnífico, deberíamos preguntar el precio –dijo él cambiando de tema mientras se levantaba de la mesa y retiraba los cubiertos.
-Sí, vaya… –respondió ella sin ánimo.
En la cocina, antes de llevar los postres a la mesa (manzana asada con nata y trufas) él volcó las sobras en la basura. Pensó otra vez sin poder evitar la burla que R.R.R eran unas iniciales bien estúpidas, y peleó un rato con lo que ella había dejado en el borde del plato. Y si en un primer momento creyó que el hueso tenía forma de dado diminuto, después, mirándolo más de cerca, se convenció de que estaba ante una reproducción minúscula, espléndida, de la mismísima Virgen de Lourdes.

23 may. 2011

Polución



Domitila es un peligro de prima, le ha dado por esconderse cada noche debajo de mi cama. Madre me da su beso de despedida, las buenas noches, y ella aparece. Yo cierro los ojos hasta ver sólo una luz blanca, pero me llama. No muevo ni un dedo, ella araña el parquet con sus uñas y hace que mi corazón se acelere. Me llama y es imposible quitármela de la cabeza, yo grito. Madre viene, mira debajo de la cama y me dice que no vea tanto la tele y que se acabó el hacer de niño pequeño. Le suplico que deje la luz encendida, pero no. Cierra la puerta, y Domitila habla en una lengua que no entiendo.
A veces la oigo llorar. No tengo otra solución que rendirme, susurrar el sí que hace que ella se sienta feliz. Luego se arrastra hasta sacar su cabeza, me guiña un ojo, sonríe y tengo que estirar de ella para ayudarle a salir. Su cuerpo se encalla con facilidad, está muy gorda. Es mayor que yo. Tendrá ya diecisiete años, dos perros y un gato siamés cojo. Cada noche Domitila se desnuda. Yo me tumbo boca arriba, cierro los ojos, pongo la espalda como una barra para aguantar su peso, y junto las piernas aspirando aire. Ella se divierte encima de mí, hace que lleve la mano a un lugar prohibido, se ríe desde el más allá al verme en acción. Después regresa a su lugar, debajo de la cama.
 Mi prima tuvo hace dos años un accidente y murió. Fue en su casa, en el baño, le dio un ataque al corazón al abrocharse los zapatos. Ella no da importancia a su gordura. “Dios es un escándalo”, es lo único que me dice cuando tiene ganas de hablar. Yo odio a Domitila, hace que mi abuela sospeche por las mañanas al ver mi pijama manchado. "Se hace hombre y tiene que conocerse", le dice madre.  Y a madre la quiero mucho, a veces más que a mi prima muerta.