1 jul. 2011

Elektra


Siempre nos ha chiflado el cine negro, el boxeo, todas esas cosas. Pese a que no se tiene tiempo suficiente para todo si uno tiene la obligación de acabar con los rateros y el crimen organizado y llevar procedimientos legales como Matthew Murdock. A mi pequeña Elektra no le interesa tanta charla. Mi querida Elektra prefiere ahora la filosofía zen, descansar los ojos en la arena, imaginar que la rastrilla una y otra vez, bien quietecita. Y uno se pregunta el motivo del fin, y lo mejor es no preguntárselo; pues es evidente que el motivo principal es el azar, un dios loco que se confunde y en vez de dar, quita. Como un caer de taza en el suelo y romperse en mil pedazos porque el movimiento del brazo se descuida en la mesa.  Pero tampoco nos preocupamos por ello. Asumimos las consecuencias, sin más. De la misma forma que ella acepta que cada mañana yo acuda al puente de Brooklyn para reafirmarme en vida, consiento que prefiera quedarse con la sonrisa de palo, sola, en casa, cuidando arañas. Siempre dispuesta a complacer mis deseos. Pese a que nunca me han alcanzado, pese a que quién sabe dónde se esconden los malditos monstruos que toda ciudad muerta oculta en sus entrañas.