8 jul. 2011

Rituales



Aquel día, Madame Zunz anotó en un huevo el nombre sagrado, lanzó puñados de pólvora a los cuatro vientos y fue a la cabecera de la cama, puso el huevo debajo de la almohada y lo aplastó con un machete. En seguida le dio por cantar nanas, gritar y mirarse las manos. Hasta que cayó al suelo en un acceso de fiebre y locura.
Al llegar el esposo ella dormía. La sirvienta le abrazó y él le aseguró que ya se había acabado todo. En la biblioteca, entre beso y beso, abrió un cajón y sacó un bote repleto de tierra roja del siquiátrico, pimienta, hierbas de adormidera y hormigas locas. Salieron al jardín, lo enterraron. Tras la despedida, él se acostó. Acomodó la almohada y dio la espalda a Madame Zunz.
En el sueño, su esposa leía un libro en el porche. Él se lo quitaba. Era la Regla de Osha (obra santera canjeada por un par de Biblias inglesas días atrás). En la página siete, un círculo señalaba el ritual para chiflar a una persona. Monsieur Zunz abandonaba el porche disimulando la marca, columpiando con gracia las caderas. En la siguiente página se revelaba el secreto que acaba con la virilidad de un hombre.