13 ago. 2011

La ley


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Ha llegado a la habitación y ha vaciado la papelera por la ventana. Es la primera vez que le he escuchado gritar. Luego han venido algunas palabras incomprensibles que bien podrían ser en alemán. Habrá suspendido alguna asignatura porque ha destrozado el manual de derecho mercantil. Paseó intranquilo de un lado a otro de su espacio, como pensativo. Hasta que en un arranque de furia ha tirado buena parte de su muro, fruto de un puñetazo, y han caído a mi terreno algunas obras de autores que no conocía como Alejandro J. Ratia, Gabriel Matzneff, Josep María Madorell o Julián Ríos. Ya son míos. Desde el momento en el que sobrepasan frontera él y yo, tácitamente, aceptamos que pertenecen por accesión a nuestro territorio. Aquí no valen tiempos de prescripción ni años (seis para los bienes muebles según el Código Civil) para adquirir derechos.  Y aunque las normas definan la propiedad como el derecho de gozar y disponer de una cosa sin más limitaciones que las establecidas por las leyes, no vale hacer de las leyes generales una limitación (prohibición), sino todo lo contrario. En nuestro territorio, que son nuestras mitades exactas, vale la ocurrencia de Aleister Crowley una noche de invierno con el té en la mano:
            -Haz lo que quieras, será toda la ley.