26 ene. 2011

Freaks


El sombrero no es propio de los jugadores de ajedrez. Cualquier elemento añadido a lo natural es una suma artificial y resta eficacia al pensamiento según dicen algunos teóricos del juego. Y ahora, a las cinco y cuarto, él deja la partida con la que está enredando en el club, tiende la mano al rival y el otro acepta las tablas, porque debe seguir con su oficio y le espera la mujer en el bar. Abre su libro de notas y tacha el nombre de Kitty, lo que vendría a ser el apodo en internet y con mucha probabilidad el nombre irreal, de la mujer con la que se ha citado. Apunta algo al margen mientras se acaricia el bigote y evita que el sol le dé de frente en la calle.
            No es fácil encontrar a invasores en este mundo. Es decir, no es nada sencillo para un explorador de freaks (en el sentido más concreto del término, el que le dio en el 32 el director de cine Tod Browning) localizar ejemplares únicos. Los días transcurren entre libros, cine de serie Z, hechas con presupuestos miserables y aperturas de ajedrez. Más de una vez ha llegado a romper el culo de una botella y amenazar a esos tipos que en una mala noche sostienen que El increíble hombre menguante, o La caída de la casa Usher, incluso La mujer avispa, son subproductos del género. Aquél que afirme eso, piensa, no conoce en esencia la historia del mundo. Los colores primarios, excesivos en algunos momentos, encuadres fuera de plano, rostros iluminados de forma constante, actuaciones mediocres… son la representación más exacta de lo que se da a nuestro alrededor.
            Dicen que los siberianos, cuando juegan al ajedrez, se apuestan numerosas veces su fortuna, aun siendo poca, y otras cuántas a sus mujeres o hijos. Parecería que es exagerado afirmar que eso lo hacen de forma frecuente, pero se da en más ocasiones de lo que pudiera sospecharse en principio. Durante muchos años, de niño y después de adolescente hasta ahora, ha llevado un estudio meticuloso del movimiento de las piezas, llegando a demostrar que aperturas como la holandesa, la escocesa, incluso la italiana con negras, llevan a la desventaja o a la derrota en pocos movimientos. ¿Kitty sabrá jugar en verdad?
            Ella le espera de espaldas, fuma y su cabello es negro y está algo sucio. Como convinieron le aguarda con un libro de Edgar Allan Poe. Es importante que su título sea Berenice y otros cuentos pues eso ya le supone un añadido de interés a esa mujer. Algunas de las frases de Berenice como “nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios”, o “la desgracia cunde multiforme sobre la tierra” suelen ser contraseñas citadas de memoria por sus seguidores cuando se necesita para entrar en ciertos lugares.
            -Todavía no me había encontrado con una mujer tan guapa –le dice él a bocajarro después de haberse presentado.
            Kitty podría resultar una buena candidata para participar en alguno de los películas de serie B. Si pudiera compararse con alguna de las actrices del género podría parecerse a Julie Strain, una de las mejores modelos que suelen posar para los grupos de heavy metal. Pero es sólo en apariencia, porque de la misma forma que los sombreros no son propios de los jugadores, el rostro de Julie Strain podría localizarse muy adentro de Kitty. Su apariencia externa y palpable es irregular. Mientras conversan, él anota sus posibles proporciones. Es evidente que su cabeza es mayor de lo habitual, sus facciones están algo hinchadas y sus ojos y nariz sobresalen en exceso del rostro.
            “Manos largas, dedos-tenaza. Atención: pierna con rosca”.
            Y ella le habla nerviosa del accidente, el que le hizo perder la pierna y le enseña orgullosa su prótesis. El plástico tiene un sabor especial, él lo sabe y no puede remediar simular la caída de la prótesis y agacharse para lamer a escondidas el objeto. Lo suficiente para que Kitty no desconfíe y se pregunte por esa simulación extraña debajo de la mesa.
            -¿No serás uno de esos tipos raros que sólo quieren acostarse con una? –le pregunta.
            Él deja la prótesis a un lado de la mesa y le coge de las manos, le asegura que a él sólo le moviliza la belleza, hablar, poder compartir experiencias, y el ajedrez, comenzar una buena partida y escuchar a la otra parte cómo piensa. Kitty evita hablar de variantes y le cuenta el accidente, cómo iba en bicicleta y un objeto poderoso impactó contra ella, llevándose de cuajo su pierna en la carrera. “En mi mente sólo estaba el levantarme tras esa caída y salir a buscar la bicicleta para seguir dando pedales”, le confiesa. Que ella entrenaba para el equipo olímpico y que, aun después de lo sucedido, ha continuado haciéndolo, podría ser perfectamente una mentira. Pero él sonríe y le pide al camarero una copa.
            En el local la gente entra y sale, son pocos los que se sientan y hablan. Y eso hace más extraordinario el momento, pues él está al corriente de la filosofía clásica y recuerda que Heráclito ya lo dijo hace tiempo: la vida es un fluir constante. Y en ese fluir de personas, el río en el que ellos se encuentran, tan sólo están estáticos los dos, aunque las manos ya se han separado y uno enciende un cigarro y otra echa un ojo a la prótesis. Prótesis que no sólo sabe a plástico de verdad sino que su posee un tacto exquisito, puro, más erótico incluso que el de la piel humana.
            A las dos semanas de llegar a esa ciudad y tras haber abandonado por motivos intrascendentes la anterior, hará unos seis años, comenzó su búsqueda. ¿O fue primero la inscripción en el club de ajedrez? Lo que más le importa no fue la sucesión de los acontecimientos, sino la necesidad de seguir localizando a sus “gentiles invasores” para continuar con el juego. Tiene catalogados a centenares de contactos, de muchos de ellos tiene alguna que otra fotografía tomada al amanecer, juntos en la cama. De otros tiene lo que más le interesa: partes concretas de su cuerpo, formas y complementos. Y podría haberle pedido por favor a Kitty que le dejara acariciar más su prótesis, pero se conforma con tenerla al lado y que ella, quizás conociendo el interés, no se la haya insertado de nuevo.
            -Al fin y al cabo todos somos cyborgs. Yo llevo gafas – le dice él-. Es un añadido creado por máquinas.
            -Medio orgánicos y medio mecánicos, artificiales –asiente Kitty.
            -¿Conoces alguna novedad interesante en el mercado de las protesis?
            -La empresa Alergan-Inamed fabrica las mejores prótesis mamarias –responde Kitty-, las de marca CUI y McGhan son de alta calidad.
            Y ella se ríe y derrama al sorber parte del contenido de su vaso pues es cierto que su boca tampoco está excesivamente proporcionada y se escora algo hacia la derecha. No sólo sus labios son de un grosor diferente, sino que parece que hubiera estado cosida su comisura durante un tiempo y ahora tuviera algún problema para volver a situarla en su estado normal. Por unos momentos pasa por su cabeza la idea de desvestirla, y cómo resultaría ella entre las sábanas blancas, un cuerpo incrustado en la cama y que ofrecería mucho más que una mujer habitual. Una especie de cuadro, futurismo febril y más -ismos revueltos. Ni las medidas únicas en las mujeres, ni la belleza general fue nunca de su agrado. Era precisamente el ser imposible, el natural-expresionista, lo que podría denominarse lo más parecido a una composición de Schöenberg, disonante y con acordes errantes, el que le interesaba.
            -¿Qué aperturas dominas? –le pregunta él.
            Una respuesta vacilante le hace sospechar. Kitty le habla sobre conceptos generales y equivocados de la apertura española. No darle importancia a la variante del cambio, alfil por caballo, jugada en Cuba por Fischer con éxito en sus partidas, ya lo dice todo. Supone desconocer conceptos básicos del juego. Que dicha variante estaba en desuso, y que la estructura de peones de las negras quedaba más maltrecha que la de las blancas y el éxito estaba en contrarrestar el juego de los alfiles, era lo mínimo que uno puede esperar de un jugador que comienza.
            Él mira desconfiado, Kitty ha cometido un error grave en la apertura. Ahora se mueve inquieta en la silla y sus dedos-tenaza tiemblan. Las siguientes jugadas deben ser directas, sin perder tiempo ni en el desarrollo ni en el ataque. Guarda la libreta y levanta la mano para llamar al camarero. En el momento en el que ella se gira para pedir también, él tiene la oportunidad y la aprovecha. Agarra la prótesis que está sobre la mesa y se lanza a la salida, golpea a unos cuantos clientes y corre. Marcha por las calles de la ciudad como si le persiguiera una horda de siberianos y no descansa hasta que dobla tres o cuatro calles. Luego continúa tranquilo. Al menos el objeto servirá para apostar durante unas cuántas partidas más en el club y afinar el medio juego hasta que lleguen los campeonatos. Pierna contra brazo. Pierna contra audífono. O pierna contra ojo de cristal. Podría decirse que la “matemática secreta” que él emplea en cada partida tiene una base lógica, pero la intuición, el sentido de la posición, es su fuerte.