5 mar. 2011

Altruismo



Nadie adivinó cómo llegó el muerto hasta allá, y menos aún cómo fue posible que llegara con ataúd y todo tan arriba, a la plaza más alejada del centro del pueblo. Una maraña de subidas y bajadas trazaba las líneas de las calles. La hipótesis que más chismes logró fue que había caído de un avión, de algún aparato de esos que alguna vez sobrevolaba los campos, en un despiste.
            Las mujeres que vivían por allí arriba, al ver que sus maridos no prestaban atención a la caja de madera, que los niños ya comenzaban a jugar con ella y se escondían tras ella en el juego del escondite y la intentaban abrir, fueron las que los mantuvieron alejados con castigos. Esperaron al invierno. Entonces utilizaron el hielo para empujar el ataúd hasta el barrio y medio, el que quedaba en la mitad del pueblo, ni arriba ni abajo, neutral.
Los vecinos de esa zona, al ver que la caja permanecía más de lo debido, siguieron la misma táctica, lanzaron cubos de agua a las calles heladas, empujaron. Y no es que existiera el convencimiento unánime de que era malo para la convivencia tenerlo, pero se optó por una decisión democrática. Algunos intentaron torpedear el referéndum con sobornos y falsos dirigentes, la mayoría decidió. Costó un poco más pero la voluntad de las mujeres y la fuerza de algunos hombres (eran más trabajadores que los del barrio alto) consiguieron que la caja resbalando fuese a parar a la parte baja.
            Allá todo era diferente, lo que caía ya no bajaba más. Era el final del polvo, de la lluvia, de los cantos rodados. Los niños fueron hasta el límite del pueblo al enterarse que allí había llegado. Ese lugar tenía todas las muñecas, balones y muertos del pueblo. Los pequeños corrieron cuesta abajo, contentos pero en silencio. Sabían que podían ser descubiertos por los mayores: los padres estarían vigilando y una mínima sospecha conseguiría que no les dejaran ir tan abajo nunca más.
            Los vecinos de esa parte los recibieron con alegría. Como eran dados a regalar y a dar cariño, amor y más amor, y siempre mucho más de lo que recibían, no se tomaron a mal ese dejar correr hacia abajo lo que arriba molesta. Tan sólo abrieron el ataúd, saludaron al muerto, y lo repartieron en pedacitos proporcionales entre todos los niños.