28 mar. 2011

Lalo en Calidoscopio



NADIE LLEVA LA CUENTA de las zancadas del caballo que llega a la meta del hipódromo. Quizás porque no es habitual el hacerlo. Muy probablemente porque tanto ella como Ruibérriz están troceando el pan en las gradas mientras yo les miro. Marías está por llegar. Algo de insólito debe tener calcular las zancadas exactas. Cuatrocientas cuatro digo al azar. Y ellos miran cómo el animal reduce el trote. El hipódromo está desierto y más de una vez hemos pensado en comernos a Lalo, nuestro caballo. Parece enfermo. Y cuentan los trozos de pan. En las puertas, lo que ha sido nuestro único y ordenado hogar hasta ese momento, se frotan las manos nuestros inversores y esperan sus dividendos. Hacen cola. Se quitan los gorros los unos a los otros. Se dan puntapiés. Se soplan en los dedos.

–Si repartimos un diez por ciento haremos frente a Stanwyck –apunta ella.

–Espero que nadie quiera retirar todo lo invertido –digo yo.