17 abr. 2011

La pala vacía


Uno
                Al atardecer, las palas de los tres hermanos dejaron de cavar en la tierra del señor Obab. Todo quedó quieto. Las últimas paladas perdidas en el cielo de nubes negras, el ritmo de los seis brazos sudorosos, metiendo y sacando tierra para ser ricos de una vez, en el eco del lugar. Los tres hermanos se ocupaban de cavar los primeros días de la semana, los otros días rellenaban esos agujeros como si no hubiese pasado nada más que el tiempo. Y era al atardecer, con la caída del sol y la aparición de las mismas nubes, cuando las palas vibraban por última vez, y un tocar de campana a toda prisa que venía desde la granja cerraba la jornada antes de la lluvia de siempre.
                -Casi está, cerca de, ya estamos, casi, casi, el propósito y…-se apresuraba a decir el mayor al llegar a la granja, evitando el golpe de puño de un viejo harto de tanto buscar para nada.

                Después se sentaban en el suelo y esperaban la orden del tío, su escupitajo en el porche y la patada a la puerta. Entonces todos entraban dentro y se abalanzaban a la sopa con carne de los cuencos que había preparada en la mesa. Luego se peleaban entre ellos buscando como excusa un trozo de pan o una mirada de más, y entre golpes se quedaban dormidos, sucios de arena y cansados de tanto quitarle tierra a la tierra. El anciano Obab (si hacía frío y quería calentarse) sacaba su alcohol y bebía. Esa noche no lo hizo. Le dio un puntapié al mayor. Le despertó y le dijo que se lavara, que en el establo encontraría agua y que tenía que ir a la ciudad, a por más veneno y cuerdas, que él era joven y sabía lo que tenía que decir y lo que no si alguien le preguntaba. Y después se arrepintió y le dijo que no, que no se acercase al establo y que no malgastara agua, que la lluvia ya le lavaría lo suficiente.

Dos

                ¿De dónde le vendría a ella la idea de fijarse primero en los zapatos antes de abordar las demás zonas de un hombre? Lo de ése tipo en el supermercado fue un caer repentino en el borde de los zapatos y en un caminar irregular, indeciso, y subir hacia arriba hasta rematar la mirada en unos ojos marrones, del color de la corteza de los árboles. Entre los botes de tomate abordarle la zona, después seguirle despistada entre mermeladas y ante las salsas volver a tomarle el pulso a los ojos, retarlos y conducirlos al escote.
                -Llueve de muerte. ¿Tienes dinero para mí? –preguntó ella.
                Y siguieron caminando por el pasillo del supermercado, comprobando las etiquetas de las latas en un comprobar sin más sustancia que mirar números y conquistar.
                Sin que supiera exactamente cómo ocurrió, en uno de esos despistes de código de barras, ella perdió de vista al joven. De cuando en cuando le sucedía, era improbable que se le escapara así como así un cliente, pero a veces se daban a la fuga. Miró y remiró pasillos, carritos de compra y lavabos antes de asegurarse que se le había esfumado esa noche la presa. Ahora le tocaba comenzar de nuevo: el juego de la seducción, los zapatos del joven necesitado de amor, adivinar el billete en el bolsillo del pantalón (el olfato le decía que el pobre diablo de antes tendría más dinero del aparente), ofertas y la lengua mojando los labios, una nueva posibilidad.
                -Odio a los niños bobos –reveló mientras abandonaba el supermercado.
                Corrió hacia la gasolinera, a salvarse de la lluvia y esperar a un conductor confiado que le arreglara la noche. Gotas. Luces de coches. Alguien fijándose en su cuello. Más gotas. Y antes de quedar inconsciente sonrió, pues creyó ver una vez más el color de la corteza de los árboles en unos ojos.