16 abr. 2011

Una madeja


El niño tira del ovillo con una insistencia de gato y la viejecita deja hacer. En el porche, arrebujada la madeja, pegada a la barriga, la abuela tiembla cada vez que el niño estira y la bola gira en los cuencos de sus manos. A lo lejos el cielo con las nubes, más allá de los tejados y las antenas de las otras casas. Y la vieja que piensa que cualquier tiempo aislado con un quinqué de petróleo, unos cuantos animales en el establo y un marido calentando la cama siempre fue mejor que este lugar extraño. Y lo dice así.

–Es un lugar extraño.

La impertinencia gatuna del niño en desmontar la madeja se detiene, mira hacia los lados y ve casas, una urbanización apiñada en grises y el niño pregunta a la abuela qué ha dicho, que no le ha escuchado bien porque el fisfís de la lana que él estira le ha cortado el mensaje. Y fisfís lo pronuncia con gestos que denotan un amargor gustoso en el tacto, enredando esa palabra, fisfís, en su boca. Una y otra vez. Fisfís, fisfís, fisfís.

–Es un lugar extraño, un lugar de mierda, vamos –dice la vieja mientras se hamaca.