6 abr. 2011

Una historia de Olmo


Olmo se despertó y vio que le faltaban los pies. Se había acostado leyendo La Metamorfosis y ahí tenía: le faltaban los pies. Sus pies, sus pies grandes, talla 45. Pies de siete leguas. Con ellos se había aventurado “en las regiones más bajas de la muerte”. Ahora viviría en ese “estado medio” que tanto temía. Vendría su vecina Adela con un pudín de pan. Vendría Lalo con su gato asqueroso. Vendría Tonino con un libro de Santo Tomás. Todos a preguntarle por lo mismo: por sus pies. Comiéndose el pudín Olmo diría que los había perdido en la guerra. Eso, se los había llevado un negrito bosquimano. O un serbio. Pero el gato asqueroso de Lalo iría a por sus pies. Un gato olfatea enseguida “en las regiones más bajas de la muerte” e iría a por sus pies. Los traería de vuelta y le diría a Olmo: “He aquí tus pies”. Entonces Lalo le diría a Olmo: “Acompáñame al mercado”. Y Olmo, poniéndose los pies y saltando de la cama, le diría: “¡Te acompaño al mercado!” Y bajo la luz del sol serían uno, uno solo: él, Lalo y el gato.

Texto perteneciente a Historias de Olmo, de ROLANDO SÁNCHEZ MEJÍAS