26 feb. 2011

F.

No somos unos maniáticos. Lo que sucede es que nuestra familia siempre ha procurado tenerlo todo ordenado según marcan los códigos: el lápiz dentro del portalápices, los vaqueros van primero en la maleta, los libros se colocan por el nombre del autor en la estantería, las personas por su altura, dependiendo de la talla. El día en el que la familia descubrió que tenía pendiente una labor, quiso abarcar lo imposible y acabar de una vez con el desorden universal. Se decidió habilitar una habitación para cada una de las letras del abecedario y ahí almacenar todos los objetos posibles. Y que uno cuente así la historia, como si lo más importante fuera el propósito de la familia a la que pertenece, no es ni por querer dar importancia a lo sucedido ni por denunciar el absoluto caos que reina en todos los rincones posibles del cosmos, sino porque la familia así lo ha deseado:

-Ponle orden escrito a nuestra historia –me dijeron.

Para los que sean escépticos a nuestra labor, es verdad que si las cosas están ahí porque así se han dejado, en el quehacer diario, y uno va y las vuelve a ordenar según sus parámetros, al fin lo que hace es perturbar nuevamente el orden en el que quedaron durante un tiempo. Este matiz ha supuesto no pocas disputas, pues si lo que hacemos es enmarañar aún más nuestro alrededor, ¿no deberíamos ser castigados? ¿Acaso nuestra tarea tendrá consecuencias más desastrosas que el aleteo de una mariposa según la teoría del caos? Resolvimos que la tarea enciclopédica, ordenar cada cosa por su nombre, al fin y al cabo, solventaba el problema; pues era pura matemática aplicada a la letra, y por extensión, a los cuerpos. En cualquier caso, lo elemental, además de esa decisión, fue que la familia decidiera comprar toda la manzana de edificios que daba a la Avenida Miraflores. Dado que, aunque avanzamos en la tensión y la compresión de los objetos, una tarea de ese tamaño necesitaba un espacio suficiente.