23 may. 2011

Polución



Domitila es un peligro de prima, le ha dado por esconderse cada noche debajo de mi cama. Madre me da su beso de despedida, las buenas noches, y ella aparece. Yo cierro los ojos hasta ver sólo una luz blanca, pero me llama. No muevo ni un dedo, ella araña el parquet con sus uñas y hace que mi corazón se acelere. Me llama y es imposible quitármela de la cabeza, yo grito. Madre viene, mira debajo de la cama y me dice que no vea tanto la tele y que se acabó el hacer de niño pequeño. Le suplico que deje la luz encendida, pero no. Cierra la puerta, y Domitila habla en una lengua que no entiendo.
A veces la oigo llorar. No tengo otra solución que rendirme, susurrar el sí que hace que ella se sienta feliz. Luego se arrastra hasta sacar su cabeza, me guiña un ojo, sonríe y tengo que estirar de ella para ayudarle a salir. Su cuerpo se encalla con facilidad, está muy gorda. Es mayor que yo. Tendrá ya diecisiete años, dos perros y un gato siamés cojo. Cada noche Domitila se desnuda. Yo me tumbo boca arriba, cierro los ojos, pongo la espalda como una barra para aguantar su peso, y junto las piernas aspirando aire. Ella se divierte encima de mí, hace que lleve la mano a un lugar prohibido, se ríe desde el más allá al verme en acción. Después regresa a su lugar, debajo de la cama.
 Mi prima tuvo hace dos años un accidente y murió. Fue en su casa, en el baño, le dio un ataque al corazón al abrocharse los zapatos. Ella no da importancia a su gordura. “Dios es un escándalo”, es lo único que me dice cuando tiene ganas de hablar. Yo odio a Domitila, hace que mi abuela sospeche por las mañanas al ver mi pijama manchado. "Se hace hombre y tiene que conocerse", le dice madre.  Y a madre la quiero mucho, a veces más que a mi prima muerta.