28 may. 2011

El arte de la negociación


La policía rodeó al asesino y los curiosos no tardaron en llegar. Los más atrevidos ocuparon las primeras posiciones, tras los coches de policía, pese a ver que tenía una pistola en la mano derecha. Algunos, los menos valerosos observaban desde la otra acera. El asesino amenazó con el arma y preguntó varias veces si tenía ya lo que había pedido. El que debía ser el agente principal, por rango capitán o comisario, se acercó con las manos en alto haciendo valer toda la psicología aprendida en estos años en el cuerpo.
            -No, no podemos darle lo que pide.
            -¿Les llevaría mucho tiempo encontrarlo?
            -Depende, rebaje sus pretensiones. ¿Por qué no una víctima cualquiera?
            -Bien, cualquiera me sirve. Mejor hombre, sí, hombre… –contestó el asesino.
            -¿Lo mataría a quemarropa?
            -A despecho, ya lo he declarado antes.
          El comisario, o capitán en defecto, le avisó que iba a hacer un movimiento limpio y que no debía temer nada. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó una libreta de apuntes y anotó las condiciones conversadas.
            -Descríbamelo –dijo.
            -Alto, joven, corpulento, con cara de haber conquistado a muchas mujeres.
            -¿Está casado usted?
            -Bien, sí, podríamos decir que sí.
            -¿Lo haría con esa pistola? ¿No prefiere otra arma?
            -No, la pistola va bien. Si acaso, me ensañaría con varios tiros en el pecho, como si se tratase de una venganza amorosa, tampoco quiero que luego tengan problemas con el móvil del crimen.
           -Espere, no vaya tan rápido –le interrumpió el policía que anotaba todos los detalles.
           -Lo mataría porque él y mi mujer, ya sabe…
           Antes de que acabara con la respuesta se acercó un joven policía al oficial de rango superior, eso hizo que el asesino balancease el arma más nervioso que nunca y el público de las primeras filas gritara asustado. El joven se cuadró, dijo que era un encargo para el oficial.
Hasta que el comandante o capitán no dejó de garabatear, el joven se alisó los pliegues del traje, limpió su placa y tosió varias veces llamando la atención. Cuando ya pudo decir todo lo que pensaba, se acercó y susurró al oído del oficial que era un caso difícil y que los hombres estaban desmotivados, que era un asesinato sin alicientes, las pistas eran vagas, imprecisas. Siguió con que habían estado horas intentando encontrar al que debería ser el muerto futuro, el asesinado, pero que nada, la investigación se complicaba cada vez más y el tiempo se agotaba, y que para él lo importante eran los grandes robos pues era la única forma de prosperar en el cuerpo y no los crímenes de tercera. Y lo dijo con cara triste, derrotado, encargando un café largo por radio tras la perorata.
El superior miró a su inferior desde su distancia de oficial graduado y no le respondió nada, tan sólo sonrió al asesino y le preguntó que qué trabajo le gustaría que tuviese la víctima.
           -Policía –contestó el asesino devolviéndole la sonrisa.